“Sería absurdo y peligroso limitar nuestros puntos de vista del Islam a lo que un grupo de fundamentalistas ve cuando mira a otro grupo de fundamentalistas”

Podemos discutir sobre el papel del papa Francisco como conciliador de la burocracia, la teología y la doctrina católica, pero su verdadera tarea es evitar una nueva guerra religiosa en el mundo. Muchos llaman a la “guerra contra el terror”, una guerra contra un segmento de la religión musulmana, pero hay 1.300 millones de seguidores del Islam repartidos por todo el mundo, y la gran mayoría de ellos no estaba de acuerdo con los ataques del 11-S.

Francisco ha reconocido hace tiempo los aspectos loables del Islam, tiene profundas conexiones personales con sus líderes religiosos y conoce sus diferentes sectores y etapas históricas. Al igual que los cristianos y los judíos, los musulmanes han experimentado períodos de guerra tribal con enemigos externos y han sufrido las diferencias entre los distintos grupos internos. Sería absurdo y peligroso limitar nuestros puntos de vista a lo que un grupo de fundamentalistas ve cuando mira a otro grupo de fundamentalistas. Esto crea un efecto reflejo en el que los enemigos vienen a parecerse entre sí. El Papa tiene ventajas que lo sitúan en mejor posición para negociar que cualquier otro líder político. Como líder religioso, es más capaz de sacar conclusiones espirituales del Islam y unir a todos los creyentes en un solo Dios, algo que otros papas no pudieron o no quisieron hacer.

Como dijo en su encíclica más importante hasta el momento –La alegría del Evangelio–  “el auténtico Islam y la correcta lectura del Corán se oponen a toda forma de violencia. Aquellos que definen a los creyentes musulmanes como ‘fascistas islámicos’ hacen enemigos a quienes prefieren ser nuestros amigos”. Todos los papas modernos han llamado a la paz en el mundo, pero Francisco tiene la auténtica oportunidad de utilizar el oficio espiritual para evitar una guerra religiosa.